Sunday, May 6, 2012

Las asunciones y sus inseguridades

Dicen que cuando el adjetivo no da vida, mata. Bueno, es también verdad que cuando la cerveza no alegra, entristece. Salgo de lo repetitivo, me libro de prejuicios y escucho la lluvia, la cual cae levemente en mi ventana. Ya es mayo, y en este mes, me tiré a la calle cuando llovió por primera vez. Los creyentes dicen que da buena suerte. Bueno, quizás a mi no me haya ido tan bien entonces.

Aunque me considero pésimo escritor, siento que llevo la palabra en la sangre. Escribo, porque mediante la formulación de frases y oraciones es como mejor canalizo los sentimientos que punzan en el corazón. Pienso que, como una cuchilla, la palabra corta la piel y lentamente llega al alma. No soy de afilar cuchillas; no tiendo a sentir placer dentro del sufrimiento de otros. Aún así, no callo cuando la incomodidad reína mi estado emocional. Mucho menos cuando asumen conocer y juzgan a libertad.

El pasado es, prácticamente, lo único que todos tenemos en común: de él nadie se escapa. Yo erré, pues, en veintitrés años (casi) de dar vueltas en el planeta es usual errar. No pretendo que me juzguen por tales cuestiones. Pretendo que busquen más allá de la portada (algo así como “never judge a book by its cover”), me alejen de toda comparación y me liberen de prejuicios existentes de amoríos pasados. No pretendo que busquen cambiarme, ni pretendo ajustarme a nadie. Por tal razón, no busco que por mi nadie cambie, mucho menos que a mí se ajusten. Cualquier relación, sea de lo que sea, que dependa de tales cualidades jamás será saludable. Y lo digo porque lo he vivido, como también he vivido el lado contrario de la balanza.

Acepto que el tiempo me ha hecho más frío, más maquiavélico por ponerle alguna descripción. Calculo, como todo un matemático, cada paso que tomo. A pesar de contar con tal destreza (o tal debilidad), siempre tiendo a hacer las cosas al revés. Me entrego desenfrenadamente, al amor y todas sus cuestiones. No hago preguntas, no padezco de celos, no juzgo al pasado. Va, no juzgo ni siquiera el presente. No comparo, no tengo algún estándar, no patrocino los enfados temporeros por personas que asumen saberlo todo o haberlo vivido todo. Lo contrario, abro la puerta a la oportunidad de la sorpresa y a la autenticidad de las personas. Cada cual tiene su historia y cada cual tiene sus manías, está en nosotros aprender a quererlas y amarlas, como también odiarlas.

Ya me hace falta otra cerveza. Vengo ya que andaré a buscarla.

Ya la tengo a la mano, volvamos.

Como decía, y de una forma algo repetitiva, nadie debe asumir saber la contestación de la pregunta formulada si ni siquiera la incógnita se presenta. Yo no lo hago, por tal razón siempre cuestiono a mis pares. La verdad la tienen ellos, no yo. Incluso cuando sea mentira, para ellos es su verdad, y con eso me basta. No suplico, pues mis rodillas se cansaron de descansar en el suelo.  Ojalá hicieras lo mismo, y ojalá preguntaras más a menudo. Pues, no soy ellos ni ellos son yo. No tengo ningún secreto que esconder, jamás los he tenido. Y quizás, si quisieras preguntar, te darías cuenta que en este libro hay más contestaciones a las preguntas que te podrías imaginar. Sólo falta una cosa: apartarte de lo que asumes y aferrarte a lo que, de mi parte, es real.

Continúo con mi cerveza y me largo de este dichoso monitor. Hoy pelea Cotto, y me lanzaré a tratar de disfrutarla un poco. (Coño, eso rimó.)

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