Aunque me considero pésimo
escritor, siento que llevo la palabra en la sangre. Escribo, porque mediante la
formulación de frases y oraciones es como mejor canalizo los sentimientos que
punzan en el corazón. Pienso que, como una cuchilla, la palabra corta la piel y
lentamente llega al alma. No soy de afilar cuchillas; no tiendo a sentir placer
dentro del sufrimiento de otros. Aún así, no callo cuando la incomodidad reína
mi estado emocional. Mucho menos cuando asumen conocer y juzgan a libertad.
El pasado es, prácticamente, lo único
que todos tenemos en común: de él nadie se escapa. Yo erré, pues, en veintitrés
años (casi) de dar vueltas en el planeta es usual errar. No pretendo que me
juzguen por tales cuestiones. Pretendo que busquen más allá de la portada (algo
así como “never judge a book by its cover”),
me alejen de toda comparación y me liberen de prejuicios existentes de amoríos
pasados. No pretendo que busquen cambiarme, ni pretendo ajustarme a nadie. Por
tal razón, no busco que por mi nadie cambie, mucho menos que a mí se ajusten.
Cualquier relación, sea de lo que sea, que dependa de tales cualidades jamás
será saludable. Y lo digo porque lo he vivido, como también he vivido el lado
contrario de la balanza.
Acepto que el tiempo me ha hecho
más frío, más maquiavélico por ponerle alguna descripción. Calculo, como todo
un matemático, cada paso que tomo. A pesar de contar con tal destreza (o tal debilidad),
siempre tiendo a hacer las cosas al revés. Me entrego desenfrenadamente, al
amor y todas sus cuestiones. No hago preguntas, no padezco de celos, no juzgo
al pasado. Va, no juzgo ni siquiera el presente. No comparo, no tengo algún
estándar, no patrocino los enfados temporeros por personas que asumen saberlo
todo o haberlo vivido todo. Lo contrario, abro la puerta a la oportunidad de la
sorpresa y a la autenticidad de las personas. Cada cual tiene su historia y
cada cual tiene sus manías, está en nosotros aprender a quererlas y amarlas,
como también odiarlas.
Ya me hace falta otra cerveza.
Vengo ya que andaré a buscarla.
Ya la tengo a la mano, volvamos.
Como decía, y de una forma algo repetitiva, nadie debe asumir saber la contestación de la pregunta formulada si ni siquiera la incógnita se presenta. Yo no lo hago, por tal razón siempre cuestiono a mis pares. La verdad la tienen ellos, no yo. Incluso cuando sea mentira, para ellos es su verdad, y con eso me basta. No suplico, pues mis rodillas se cansaron de descansar en el suelo. Ojalá hicieras lo mismo, y ojalá preguntaras más a menudo. Pues, no soy ellos ni ellos son yo. No tengo ningún secreto que esconder, jamás los he tenido. Y quizás, si quisieras preguntar, te darías cuenta que en este libro hay más contestaciones a las preguntas que te podrías imaginar. Sólo falta una cosa: apartarte de lo que asumes y aferrarte a lo que, de mi parte, es real.
Continúo con mi cerveza y me largo de este dichoso monitor. Hoy pelea Cotto, y me lanzaré a tratar de disfrutarla un poco. (Coño, eso rimó.)
Como decía, y de una forma algo repetitiva, nadie debe asumir saber la contestación de la pregunta formulada si ni siquiera la incógnita se presenta. Yo no lo hago, por tal razón siempre cuestiono a mis pares. La verdad la tienen ellos, no yo. Incluso cuando sea mentira, para ellos es su verdad, y con eso me basta. No suplico, pues mis rodillas se cansaron de descansar en el suelo. Ojalá hicieras lo mismo, y ojalá preguntaras más a menudo. Pues, no soy ellos ni ellos son yo. No tengo ningún secreto que esconder, jamás los he tenido. Y quizás, si quisieras preguntar, te darías cuenta que en este libro hay más contestaciones a las preguntas que te podrías imaginar. Sólo falta una cosa: apartarte de lo que asumes y aferrarte a lo que, de mi parte, es real.
Continúo con mi cerveza y me largo de este dichoso monitor. Hoy pelea Cotto, y me lanzaré a tratar de disfrutarla un poco. (Coño, eso rimó.)
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