Yo
pensaba en números, tú en letras. Yo planificaba un futuro, tú lo veías llegar
a paso lento. Descubrimos, entre tantos pensamientos intercambiados, que los
números no existirían sin las letras. Por otro lado, descubrí que no vale la
pena pensar tanto en el futuro, sino en ir a paso calmado hacia lo que se
quiere construir. Mis formulas matemáticas de nada sirvieron ante tus idiomas enredados.
Volví al puño y lápiz, de manera ligera, a tratar de explicar lo que sentía. Desempolvé
las páginas donde solía escribir sobre la felicidad, y regresé a la forma más
pura de sentir en el corazón lo que la razón jamás comprenderá.
Tu
risa me bastaba para hacer de un día encancaranublado un día hermosamente
soleado. Y es que entre tanta confusión sobre a dónde debería ir, me vi mil
millones de veces entre tus brazos.
Quizás
no soy el más encantador, pero prometo encantar hasta el más mínimo detalle de
tu ser. No te he regalado rosas, pero siempre imagino tu sonrisa al recibir tan
simple regalo. No cuido mi vocabulario, mucho menos la locura de pensarte
tanto. Y a pesar de que nos arropa la incertidumbre del tiempo, destino y todo
lo demás, agarrado de tu mano encuentro que eso ni me importa. Sólo quiero
verte reír, sólo quiero hacer de ti una mujer feliz. Sea aquí o a miles de
millas de distancia, tu retrato ha quedado impregnado en mi memoria y,
afortunadamente, me es imposible olvidarlo.
No comments:
Post a Comment