Pablo Neruda dijo, alguna vez: “podría
escribir los versos más tristes esta noche”. Cuando los escribía, se refería a
ese amor profundo que sintió por alguna mujer en algún momento. Es, entonces,
que llego a la conclusión que Pablo jamás te conoció. ¿Cómo olvidar tu sonrisa? ¿Ignorar la melodía que
carga tu voz? ¿Cómo, siendo una persona envuelta en la locura del amor, se es capaz de
dejar a un lado tan palpable pasión? Neruda, quizás, tenía el problema
resuelto. Yo, pues, admito que no.
Hoy fijé mi mirada en tu
retrovisor mientras tu enfocabas tus ojos en la carretera. No sabía si decirte
que te adoro infinitamente, o si quedarme callado. Callé, pues preferí que las
estrellas hablaran por mí. Tú ahí, tan prefecta. El tiempo tan en contra. Yo
dispuesto a llegar hasta donde mi corazón deje de latir. Y es que tú, ahí, tan
perfecta.
Cada minuto duele. Cada segundo
corta la piel sin medir el dolor que causará. Se sufre porque se quiere. Nace
en mí la profunda sensación de jamás querer dejarte partir, de agarrar tu mano
y nunca dejarte abordar ese avión, o ese barco, o ese carro, o esa bicicleta, o
lo que sea que te hará estar lejos de mí. Maldita sea el tiempo, y ojalá yo
fuese como Bernardo y su reloj:
congelar el tiempo y ser yo su máximo controlador. Pero no, tú te marcharás
como lo haré yo también. Pero, incluso en esa circunstancia de no saber qué
ocurrirá, te adoraré infinitamente hasta que mi corazón no pueda latir más. Que
las estrellas sean testigos de esto que hoy digo, y que la luna sirva de
compañera para estas palabras que hoy escribo.
No comments:
Post a Comment