Recuerdo ser simple. Recuerdo
querer caminar por la costa de mi isla sin pedir mucho más. Solía creer que una
mano que quiere, sostiene. Era de esos que creía en toda cursilería, que solía
creer más en palabra que acción. Las palabras me defraudaron en el camino, como
también yo a ellas. Y en algún momento, dejé de creer. Dejé de pensar que
existen sentimientos perfectos, que existen circunstancias idóneas donde nacen
emociones que hacen explotar nuestro interior como si estuviéramos compuestos
de nitroglicerina. Dejé de creer en eso
del amor, o quizás simplemente lo dejé de sentir.
A diferencia de cuando solía ser
más creyente en todas estas cuestiones, ahora al menos sé de qué tengo que
huir. La inestabilidad, la incertidumbre: siempre he sido víctima de ambas (quizás
con alguna que otra excepción). Más ahora, cuando el futuro es más que
incierto, y el terreno por el cual camino es, prácticamente, “quicksand” (como
dirían los estadounidenses). Huí de eso, no por gusto, sino por obligación. No
lo necesito y no me hará bien. No me lo ha hecho hasta ahora, no me lo hará luego.
Preferí guardarme, protegerme. El amor, quizás, si se pone en reserva va y
añeja y será más maduro, tendrá más cuerpo. O quizás quisiera creer eso para
encontrar algún confort dentro de esta copa que ahoga mi lucidez.
Todavía no controlo las
proporciones de lo que cocino. Aún no sé cuánto vino cabrá en mi copa. Aún no
sé si estoy solo. Pues aún pienso en dos, y no en uno. Quizás, pues, esta
ciudad me enseñe a disfrutar de la soledad.
No comments:
Post a Comment