Friday, August 10, 2012

Nueva York: Cocina, Vino y Soledad

Tenía en mente adquirir un vino de Argentina, incluso eso fue lo que ordené al entrar por la puerta. Merodeé un rato entre los vinos de América Latina, pero justo al lado me topé con Lisboa. Sin pensarlo mucho, ese adquirí. “Reserva dos amigos”, que hasta el nombre jugó con el momento. ¿Estará el amor en reserva, como el vino? ¿Se conservará por años y al ser añejo, mejor? No sé decir, pero sí puedo decir que mientras más camino recorren mis pies, más sabio soy con materias del corazón. O quizás eso quisiera creer.

Recuerdo ser simple. Recuerdo querer caminar por la costa de mi isla sin pedir mucho más. Solía creer que una mano que quiere, sostiene. Era de esos que creía en toda cursilería, que solía creer más en palabra que acción. Las palabras me defraudaron en el camino, como también yo a ellas. Y en algún momento, dejé de creer. Dejé de pensar que existen sentimientos perfectos, que existen circunstancias idóneas donde nacen emociones que hacen explotar nuestro interior como si estuviéramos compuestos de nitroglicerina.  Dejé de creer en eso del amor, o quizás simplemente lo dejé de sentir.

A diferencia de cuando solía ser más creyente en todas estas cuestiones, ahora al menos sé de qué tengo que huir. La inestabilidad, la incertidumbre: siempre he sido víctima de ambas (quizás con alguna que otra excepción). Más ahora, cuando el futuro es más que incierto, y el terreno por el cual camino es, prácticamente, “quicksand” (como dirían los estadounidenses). Huí de eso, no por gusto, sino por obligación. No lo necesito y no me hará bien. No me lo ha hecho hasta ahora, no me lo hará luego. Preferí guardarme, protegerme. El amor, quizás, si se pone en reserva va y añeja y será más maduro, tendrá más cuerpo. O quizás quisiera creer eso para encontrar algún confort dentro de esta copa que ahoga mi lucidez.

Todavía no controlo las proporciones de lo que cocino. Aún no sé cuánto vino cabrá en mi copa. Aún no sé si estoy solo. Pues aún pienso en dos, y no en uno. Quizás, pues, esta ciudad me enseñe a disfrutar de la soledad.

Soledad, aquí están mis credenciales”. – Jorge Drexler  
"Soledad", por Jorge Drexler y María Rita

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