Quizás es que alrededor mío todo
es tan nuevo, pero tus letras me son tan familiares como la ciudad en donde
nací. Es muy probable que en ellas encontré alguna sonrisa, como también alguna
lágrima. Me reservaré tales acontecimientos, pues la soledad me otorgó la dicha
de mi propio silencio. Y dentro de esta soledad, me privaré de hablar de más,
de decir cada detalle que he acostumbrado a revelar en mi pasado. La
tranquilidad de la madera que roza mis pies; el silencio de los recovecos en
donde me refugio dentro de este espacio limitado; el agua que cae sobre mi
rostro.
Las horas han añejado mis
emociones, las han hecho más débiles y sensitivas a los minutos. Frágil, como
la copa que cargo en mi mano.
Y es que así funciona el
desprendimiento de ti. Es un proceso de hacerse más viejo, de olvidar tus ojos,
tu rostro, tu voz, tu sonrisa. El problema estriba en que no quiero olvidar quién
eres, no quiero hacerme más viejo. Quiero rejuvenecer, pero, quiero rejuvenecer
contigo a mi lado. Morir, pero volver a nacer. Nacer, y volver a envejecer.
Pero envejecer y jamás olvidar, jamás olvidarme de que tu mano agarrará la mía incluso
cuando mi mano no tenga fuerzas para sostenerte tan cerca como quisiera. Es ese
mi único deseo, es ese mi único destino.
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