Friday, August 10, 2012

Nueva York: Silencio

Por curiosidad, releí tu carta. Recuerdo que la primera vez que la leí, no entendí muchas palabras (sea por ilegibilidad o porque simplemente no quería hacer el esfuerzo de perderme en ellas). Cuando la tomé en mis manos esta vez, no tuve duda alguna de sus letras y lo que, en su momento, significaban. Un tinto fue compañía, claro, pues cuando te pienso me brindas la misma alegría que una copa del mejor vino de España, Argentina, Portugal, Chile, etc.

Quizás es que alrededor mío todo es tan nuevo, pero tus letras me son tan familiares como la ciudad en donde nací. Es muy probable que en ellas encontré alguna sonrisa, como también alguna lágrima. Me reservaré tales acontecimientos, pues la soledad me otorgó la dicha de mi propio silencio. Y dentro de esta soledad, me privaré de hablar de más, de decir cada detalle que he acostumbrado a revelar en mi pasado. La tranquilidad de la madera que roza mis pies; el silencio de los recovecos en donde me refugio dentro de este espacio limitado; el agua que cae sobre mi rostro.

Las horas han añejado mis emociones, las han hecho más débiles y sensitivas a los minutos. Frágil, como la copa que cargo en mi mano.

Y es que así funciona el desprendimiento de ti. Es un proceso de hacerse más viejo, de olvidar tus ojos, tu rostro, tu voz, tu sonrisa. El problema estriba en que no quiero olvidar quién eres, no quiero hacerme más viejo. Quiero rejuvenecer, pero, quiero rejuvenecer contigo a mi lado. Morir, pero volver a nacer. Nacer, y volver a envejecer. Pero envejecer y jamás olvidar, jamás olvidarme de que tu mano agarrará la mía incluso cuando mi mano no tenga fuerzas para sostenerte tan cerca como quisiera. Es ese mi único deseo, es ese mi único destino. 

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