Monday, October 29, 2012

Sandy, mi amor platónico.

Me mudé a Brooklyn, un tal piso 23 que pensé sería idóneo para ver la ciudad en las mañanas. No me equivoqué en mi decisión. Hoy estoy presenciando la tormenta Sandy, que me ha demostrado su amor gritando por mi ventana. Y es que así es el amor, te grita y te azota cuando menos te lo esperas. Retumba en las ventanas de tu hogar constantemente, te recuerda que está ahí y que atiendas lo que es pertinente: prepara la comida, recoge tu cuarto, no dejes nada que tenga la habilidad de herirte a la vista. Esconde (o mejor dicho, bota) todo aquello que de alguna manera u otra pueda volar en pedazos y descuartizarte en un segundo.

Abrí la ventana porque quería escucharla mejor (obviamente, siguiendo las debidas precauciones explicadas anteriormente). Me sorprendió lo que decía: “déjate acariciar por mi brisa, disfruta de la lluvia que te brindo porque es el agua que te daré para beber”. Sandy resultó cariñosa, aunque brusca en ocasiones. Fría, pero cálida en su roce. Es ella quién me mantendrá despierto esta noche, y no me molesta en lo absoluto. ¡Grita, Sandy, grita más fuerte que aún no puedo escucharte con claridad!

¿Qué sería de la paz sin su guerra? Mi guerra contigo, Sandy, es que eres un tormento que inunda mi pensamiento niuyorquino. Mi paz, Sandy, es que tan pronto el tormento que brindas se desvanezca, todo volverá a la normalidad (o eso espero). “Te quiero sólo porque a ti te quiero, te odio sin fin, y odiándote te ruego, y la medida de mi amor viajero es no verte y amarte como un ciego”, mi querida Sandy.

Eres mi tormento, ése que no me deja dormir en las noches. Ya mañana pasarás, y espero que todo vuelva a la normalidad. De no ser así, mi querida Sandy, me rendiré entre tus brazos silbando alguna melodía que me sirva de confort hasta que vuelva el Sol.

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