No suelo escribir en la presente lucidez, me atrevo a decir que creo nunca haberlo hecho. No tengo la conciencia tan clara cuando estoy en estado de sobriedad absoluta, algo muy contradictorio pero que en mi caso es totalmente verdad. Hoy haré la excepción, pues escribiré una carta (algo) directa que sirva de amortiguador de distancias.
No me sorprendería si mis escritos no te brinden una razón para sonreír, pues en varias ocasiones los mismos han sido eje de discusiones y causales de dolor. A veces encontraba incómodo el hecho de que mi palabra se considerará tan pesada, cuando la realidad es que sufrían de poca densidad. No sé cómo explicarlo, pero la verdad es que muchas veces escribo de manera natural, sin mucho esfuerzo. Es resultado de escuchar tanta música pop y leer tanta poesía de Neruda, Shakespeare, Benedetti y los demás. Son palabras recicladas que uso y re-uso, y de eso tengo que asumir completa culpabilidad. Pero como toda canción dedicada y todo poema recitado, la palabra sufre de ser la ramera más barata del mercado: no conoce límites y no le molesta que la abusen con tanta frecuencia. En todo caso, para eso está: ser utilizada a diario, como mínimo.
¿De qué nos vale un “te quiero”? ¿De qué nos valen las horas y minutos transmitiendo frecuencias a través de dos aparatos electrónicos? ¿De qué nos vale una fotografía tratando de fingir que no estamos a mil seiscientas millas de distancia? Cualquier inversionista nos diría que estamos corriendo un riesgo, que somos dos idiotas esperando recibir a cambio algo que, con toda probabilidad, jamás llegará. ¿Por qué invertir esfuerzo, energía, tiempo, en algo tan incierto? Te diré el porqué, pero aún no. Para saber, tendrás que brincar el próximo espacio y continuar en el próximo párrafo.
Vale porque nos hace sonreír a diario. Más aún cuando tus labios son sólo míos, cuando tu mano se recoge perfectamente a la mía y cuando tu voz calma toda agonía. Vale porque cuando fijamos los ojos el uno en el otro, todo se simplifica: no hay ecuaciones matemáticas, no hay enlaces químicos, no hay presupuesto por el cual preocuparse. Pero más que todo, vale porque escogimos estar uno con el otro a pesar de las circunstancias y las diferencias; nos aprendimos a querer sin poción mágica ni atajos que simplificaran el asunto en cuestión. Por eso es que vale, porque hoy me levanté y aunque estoy a mil seiscientas millas de distancia, sigues estando ahí por mí de manera incondicional, como también lo estoy y estaré yo para ti.
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